Dino Starcevic
Director de Relaciones Públicas
Casi es seguro decirlo: todo el mundo sabe quién es Susan Boyle.
Cuando los 11,3 millones de personas que la vieron salir a escena en medio de la incredulidad -y risas- de los presentes y jueces en Britain`s got talent la oyeron abrir la boca, el mundo presenció el nacimiento de una nueva estrella mediática: la casi cincuentona Susan pasó de la nada al todo en cuestión de horas.
Por supuesto: Internet. El video de la desempleada de 47 años y voluntaria en la iglesia de su natal Blackburn, que toda su vida había esperado que su talento como cantante -mucho- fuera descubierto, se catapultó gracias a Internet hasta ser, como la han llamado ya, “la cantante del mundo”.
La señora ha llegado a picos increíbles: su video de presentación en YouTube superó ya los 100 millones de accesos, batiendo a la toma de posesión de Barack Obama (18,5 millones).
La diva Demi Moore lloró emocionada cuando su igualmente divo marido, Ashton Kutchner (el mismo que retó y venció a Larry King a tener más amigos en Twitter) le pasó el video de Boyle. King, rey de las entrevistas en CNN, la tuvo en su programa en directo desde Inglaterra, y la zarina mediática Oprah Winfrey ya la invitó a estar en su popularísimo show. Su pueblo se ha convertido ya en lugar de peregrinaje para miles de fans.
La periodista Miranda Sawyer, de Daily Mirror, puso el dedo en la llaga: “Tristemente todo se reduce a la imagen. Si eres cantante, estás obligada por las reglas del mundo del espectáculo a estar sexy en todo momento”. La cita no parece aplicar a Boyle.
Claro está, la historia de esta cenicienta mediática se las trae.
Recuerdo que, en los primeros momentos del salto a la fama de Boyle (sí, yo los viví) no faltaron algunas voces entre mis contactos de Internet que dudaran del fenómeno. Todo parecía, dijeron, demasiado preparado, demasiado calculado por los organizadores de Britain’s got talent, para presentar a la impactante y poco atractiva Boyle a un público desprevenido, y cauterizarlo con una voz sospechosamente sensacional.
¿Cínicos, como los llamó una de los propios jueces del programa, sobre la marcha? Quién sabe. La cosa es que Susan Boyle representa exactamente la clase de historia que los medios y el público ama: el Patito Feo vuelto a nacer.
Si fue así, la receta mercadológica ha tenido un éxito inmediato, y el que la haya inventado es literalmente un genio de los medios.
¿Lecciones? Dos, a mi juicio.
Primera, Internet reina y gobierna. Los medios tradicionales han reaccionado todos siguiendo la pista de lo que la web mundial capturó de un programa de concursos de canto ingles. Como dirían los muchachos hoy en día: el que no está en Internet no está nada.
Segundo, no hay recetas para posicionar la imagen. O, depurando la idea, hay que saber crear la receta, aunque los ingredientes para ello parezcan los menos apropiados. “Customizing”, que llaman los angloparlantes. No forzarla, sino saber moldear la imagen a la medida de cada quien (y del plan estratégico que se quiera cumplir).
No parece haber duda de quién ganará el concurso Britain’s got talent. Realmente no importa: Susan Boyle ya ganó. Y de qué manera.